Los días de verano en Santa Juana suelen ser muy calurosos, el viento sopla poco y cada vez que lo hace, susurra la amenaza de un incendio. Así fue el día que comenzó el fuego. Tanto el calor como el viento (comburente) eran factores constantes e imposibles de modificar, mientras que con el pasar del tiempo, la madera (combustible) dispuesta a arder, parecía ser eterna. Gran parte de mi entorno era/es combustible, así es como más del 70% de la comuna se vió afectada por el incendio, rodeada de plantaciones forestales impulsadas por el Decreto Ley 701 sobre Fomento Forestal, promulgado poco después del primer año de dictadura. A solo meses del incendio y con un paisaje herido, los gestos de cariño y reparación se vuelven urgentes, así como también los actos de resistencia e insistencia por resurgir a cincuenta años del golpe se vuelven necesarios. En estos últimos días he visto cómo los eucaliptos que parecían estar muertos vuelven a brotar, lo cual me hace pensar que es ahora más que nunca cuando debemos poner las manos en la tierra y velar por la vida que sí queremos cultivar. Esta acción conjunta es un gesto donde reparar, resistir e insistir, desde el acto amoroso de sembrar plantas medicinales, resignifica un espacio comunitario, reapropiándonos del territorio.